La educación, como
elemento esencial en la vida del ser humano y en el desarrollo de los pueblos,
se ha de realizar dentro de un clima pedagógico libre, afable, humanista y
personalizado; en donde el dicente encuentre un lugar para su expresividad,
creatividad y propicie un encuentro consigo mismo y con los demás,
desarrollando así sus habilidades y actitudes dentro del marco del respeto e
integridad. Así mismo la evaluación, como proceso debe regirse por la ley de la
justicia, el deber y el humanismo como se ha dicho anteriormente.
Como la evaluación
es un proceso que acompaña el acto educativo en todas sus etapas y niveles ha
de atenderse con sumo cuidado y brindar los mecanismos adecuados y éticos para
la recolección de la información y la medición de las capacidades de los
dicentes. Una evaluación que no tenga en cuenta a la persona humana en su
contexto y en su individualidad no es justa ni ética.
¿Pero de qué forma
la evaluación puede ser justa y hasta qué punto cabe la ética en la evaluación
educativa? Bien se dirá que la evaluación educativa es justa en la medida que
se realiza teniendo en cuenta las diferencias individuales de cada persona,
cuando atiende personalmente a las características propias del individuo o a la
cultura del mismo; y es ética cuando la autoridad de los docentes sobre los
dicentes no excede sus funciones normales y no se extiende a esferas de la vida
del dicente que están fuera de la jurisdicción de la carrera docente.
La evaluación
deberá ser siempre objetiva, en el sentido que lo que se evalué debe ser
comprobable, medible y observable. Pero dicha objetividad no será en aras de
sacrificar la salud emocional o psicológica del educando, sino que ha de
ayudarle a valorar su esfuerzo y dedicación en la realización de las
actividades y tareas educativas.
También deberá tenerse
en cuenta el aspecto de la obediencia y disciplina tanto de los docentes como
de los estudiantes. Formar espíritus dóciles en esta época en que la libertad
personal está en boga resulta una tarea ardua, ya que la rebeldía hacia la
autoridad es una actitud promovida por ciertos grupos sociales y que los niños
y jóvenes aprenden fácilmente este tipo de conducta.
Una autentica evaluación
es aquella que no se queda solo en lo memorístico, ya que lo memorístico no es
señal de buena conducta ni de la práctica de buenos valores, es allí entonces
donde entra lo actitudinal y procedimental, indagando sobre aspectos
conductuales del educando, así como sus relaciones interpersonales, las
habilidades y destrezas que muestra latentes y que el evaluador deberá fortalecer
y potenciar.
Por lo tanto, la ética
si tiene que ver en la evaluación educativa, si los docentes no se desvían del
objetivo y fin primordial de la educación según lo establece cada país, y actúan
como lo que son sin discriminar, sin limitar y sin causar traumas en los niños
o jóvenes se podrá afirmar con toda seguridad que la educación y sobre el
proceso evaluativo será un camino de crecimiento personal en todas las
dimensiones, dando a la sociedad personas responsables, honestas, solidarias y
con patriotismo.